Siento mucho los retrasos, actualizaré el blog de vez en cuando, pero tened paciencia, please:



La vida de un sacerdote en Madrid es algo compleja, hacemos lo que podemos y que Dios ponga el resto. Si quieres contribuir pide a Dios que nos envíe más sacerdotes.

Un fuerte abrazo

lunes, 6 de junio de 2011

Sobre el cuerpo humano y el amor... Oh, el amor...



AUDIENCIA A LOS MIEMBROS DEL
PONTIFICIO INSTITUTO JUAN PABLO II


XXX Aniversario de su fundación
Viernes 13 de mayo de 2011, Sala Clementina, 12,00h.
* * * * *


Señores cardenales,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas,

Con alegría os acojo hoy, pocos días después de la beatificación del Papa Juan Pablo II, que hace treinta años, como hemos escuchado, quiso fundar contemporáneamente el Pontificio Consejo para la Familia y vuestro Pontificio Instituto; dos organismos que muestran como él estuvo firmemente persuadido
de la importancia decisiva de la familia para la Iglesia y para la sociedad.

Saludo a los representantes de vuestra gran comunidad, esparcida ya en todos los continentes, como también la benemérita Fundación para el matrimonio y la familia que he creado para sostener vuestra misión. Agradezco al Presidente, monseñor Melina, por las palabras que me ha dirigido en nombre de todos. El nuevo Beato Juan Pablo II, que, como se ha recordado, justamente hace treinta años sufrió el terrible atentado en la plaza de San Pedro, os ha confiado, en particular, para el estudio, la investigación y la difusión, sus “Catequesis sobre el amor humano”, que contienen una profunda reflexión sobre el cuerpo humano. Conjugar la teología del cuerpo con la del amor para encontrar la unidad del camino del hombre: éste es el tema que quisiera indicaros como horizonte para vuestro trabajo. 

Poco después de la muerte de Miguel Ángel, Paolo Veronese fue llamado ante la Inquisición, con la acusación de haber pintado figuras inapropiadas
alrededor de la Última Cena. El pintor respondió que también en la Capilla Sixtina los cuerpos estaban representados desnudos, con poca reverencia. Fue el
mismo inquisidor el que defendió a Miguel Ángel con una respuesta que se hizo famosa: “¿No sabes que en estas figuras no hay nada que no sea espíritu?”.

Desde los modernos nos cuesta entender estas palabras, porque el cuerpo nos aparece como materia inerte, pesada, opuesta al conocimiento y a la libertad
propias del espíritu. Pero los cuerpos pintados por Miguel Ángel están llenos de luz, vida, esplendor. Quería mostrar, de esta manera, que nuestros cuerpos
esconden un misterio. En ellos el espíritu se manifiesta y actúa. Están llamados a ser cuerpos espirituales, como dice San Pablo (cfr. 1Cor 15, 44). Podemos
ahora preguntarnos: ¿Puede este destino del cuerpo iluminar las etapas de su camino? Si nuestro cuerpo está llamado a ser espiritual, ¿no deberá ser su historia la de la alianza entre el cuerpo y el espíritu? De hecho, lejos de oponerse al espíritu, el cuerpo es el lugar donde el espíritu habita. A la luz de esto, es posible entender que nuestros cuerpos no son materia inerte, pesada, sino que hablan, si sabemos escuchar, con el lenguaje del amor verdadero.

La primera palabra de este lenguaje se encuentra en la creación del hombre. El cuerpo nos habla de un origen que nosotros no nos hemos conferido a nosotros mismos. “Me has tejido en el seno de mi madre”, dice el salmista al Señor (Sal 139, 13). Podemos afirmar que el cuerpo, al revelarnos el Origen, porta en sí un
significado filial, porque nos recuerda nuestra generación, que alcanza, a través de nuestros padres que nos han dado la vida, a Dios Creador. Sólo cuando
reconoce el amor originario que le ha dado la vida, el hombre puede aceptarse a sí mismo, puede reconciliarse con la naturaleza y con el mundo. A la creación de Adán le sigue la de Eva. La carne, recibida de Dios, está llamada a hacer posible la unión de amor entre el hombre y la mujer, y transmitir la vida. Los
cuerpos de Adán y Eva aparecen, antes de la Caída, en perfecta armonía. Hay en ellos un lenguaje que no han creado, un eros radicado en su naturaleza, que les invita a recibirse mutuamente del Creador, para poderse así donar.

Comprendemos entonces que, en el amor, el hombre es “recreado”. Incipit vita nova, decía Dante (Vita Nuova I, 1), la vida de la nueva unidad de los dos en una carne. La verdadera fascinación de la sexualidad nace de la grandeza de este horizonte que se abre: la belleza integral, el universo de la otra persona y del “nosotros” que nace de la unión, la promesa de comunión que allí se esconde, la fecundidad nueva, el camino que el amor abre hacia Dios, fuente de amor. La unión en una sola carne se hace, entonces, unión de toda la vida, hasta que el hombre y la mujer se convierten también en un solo espíritu. Se abre, así, un camino en el que el cuerpo nos enseña el valor del tiempo, de la lenta maduración en el amor. Desde esta perspectiva, la virtud de la castidad recibe un nuevo sentido. No es un “no” a los placeres y a la alegría de la vida, sino el gran “sí” al amor como comunicación profunda entre las personas, que exige tiempo y respeto, como camino hacia la plenitud y como amor que se convierte en capaz de generar la vida y de acoger generosamente la vida nueva que nace.

Es cierto que el cuerpo contiene también un lenguaje negativo: nos habla de la opresión del otro, del deseo de poseer y disfrutar. Sin embargo, sabemos que este lenguaje no pertenece al designio originario de Dios, sino que es fruto del pecado. Cuando se lo separa de su sentido filial, de su conexión con el Creador, el cuerpo se rebela contra el hombre, pierde su capacidad de transparentar la comunión y se convierte en terreno de apropiación del otro. ¿No es acaso, éste
el drama de la sexualidad, que hoy permanece encerrada en el círculo estrecho del propio cuerpo y en la emotividad, pero que en realidad puede realizarse sólo en la llamada a algo más grande? A este respecto, Juan Pablo II hablaba de la humildad del cuerpo. Un personaje de Claudel dice a su amado: “la promesa que mi cuerpo te hizo, yo soy incapaz de llevarla a cabo”; a la que sigue la respuesta: “el cuerpo se rompe, pero no la promesa... “(Le soulier de satin, Día III, Escena XIII). La fuerza de esta promesa explica cómo la Caída no fue la última palabra sobre el cuerpo en la historia de la salvación. Dios ofrece al hombre también un camino de redención del cuerpo, cuyo lenguaje viene preservado en la familia. Si después de la Caída, Eva recibe el nombre de Madre de los Vivientes, esto testifica que la fuerza del pecado no consigue cancelar el lenguaje originario del cuerpo, la bendición de vida que Dios continúa ofreciendo cuando el hombre y la mujer se unen en una sola carne. La familia, he aquí el lugar donde la teología del cuerpo y la teología del amor se entretejen. Aquí se aprende la bondad del cuerpo, su testimonio de un origen bueno, en la experiencia del amor que recibimos de los padres. Aquí se vive el don de sí en una sola carne, en la caridad conyugal que une a los esposos. Aquí se experimenta la fecundidad del amor, y la vida se entrelaza a la de las otras generaciones. Es en la familia donde el hombre descubre su relacionalidad, no
como individuo autónomo que se autorrealiza, sino como hijo, esposo, padre, cuya identidad se funda en el ser llamado al amor, a recibirse de otros y a donarse a otros. 

Este camino de la creación encuentra su plenitud con la Encarnación, con la venida de Cristo. Dios ha asumido el cuerpo, se ha revelado en él. El movimiento del cuerpo hacia lo alto es integrado aquí en otro movimiento más originario, el movimiento humilde de Dios que se abaja hacia el cuerpo, para después elevarlo hacia sí. Como Hijo, ha recibido el cuerpo filial en la gratitud y en la escucha del Padre y ha donado este cuerpo por nosotros, para generar así
el cuerpo nuevo de la Iglesia. La liturgia de la Ascensión canta esta historia de la carne, pecadora en Adán, asunta y redimida por Cristo. Es una carne que está cada vez más llena de luz y de Espíritu, llena de Dios. Aparece así la profundidad de la teología del cuerpo. Ésta, cuando es leída junto a la tradición, evita el riesgo de la superficialidad y consiente acoger la grandeza de la vocación al amor, que es una llamada a la comunión de las personas en la doble forma de vida, de la virginidad y del matrimonio.

Queridos amigos, vuestro Instituto está bajo la protección de la Virgen María. De María dice Dante palabras luminosas para una teología del cuerpo: “en el vientre tuyo se reencendió el amor” (Paraíso XXXIII, 7). En su cuerpo de mujer ha tomado cuerpo aquel Amor que genera la Iglesia. La Madre del Señor continúe protegiéndoos en vuestro camino y haga fecundos vuestro estudio y enseñanza, a servicio de la misión de la Iglesia para la familia y la sociedad. Os acompañe la Bendición Apostólica, que os imparto a todos de corazón. Gracias.

No hay comentarios:

Publicar un comentario