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martes, 15 de enero de 2013

Catequesis de los domingos: La Humildad

 HUMILDADEtim.: del latín humilitas, abajarse; de humus (tierra) 

El mundo, nuestra sociedad, piensa que la humildad es una estupidez. Que el primer mandamiento es amarnos a nosotros mismos y tener una buena autoestima. Si me olvido de mí, ¿quién me va a cuidar?

Todos los libros de autoestima comienzan favoreciendo un cierto "ego". Ésta es una de las cosas que más nos diferencian de la "New Age" y de los libros de Paulho Coelho y de "El Secreto". Cierto es que no parece demasiado sensato olvidarnos de nosotros mismos, que puede que tengan algo de razón esos libros...

Lo cierto es que las Bienaventuranzas son lo más falto de sentido común que existe: "Bienaventurados los pobres, los que sufren, los que lloran, cuando os persigan..." Cierto que puede ser una locura, pero también es cierto que es el camino que Jesucristo eligió para sí mismo y para sus seguidores.

Muchos cristianos tratan de conciliar el evangelio con el sentido común. Al final, renuncian a lo que "molesta" del evangelio y ya no siguen a Jesús sino sus apetitos y sus gustos con la excusa de que Dios quiere que sea feliz.

Si Dios quiere que sea feliz como el mundo dicta, entonces ¿por qué el supremo testimonio del amor de Dios es la muerte de Cristo en la Cruz? Quizás porque Dios no quiere que seas feliz, como dice el mundo, sino que vivas la alegría de su salvación. Que es algo distinto.

¿Y qué es la humildad? Esta palabra viene del latín y deriva de "humus", que significa suelo o tierra. Entonces, ¿supone que tenemos que estar a ras del suelo? No, significa que debemos poner los pies en el suelo, no vivir de ensoñaciones estúpidas, ni de castillitos en el aire.

Se dice que no hay mejor negocio que comprar a alguien por lo que realmente vale y venderlo por lo que cree que vale. De esta soberbia vienen los celos, las susceptibilidades, la vanidad... De hecho, a lo largo de la tradición de la Iglesia se dice que la soberbia es la madre de todos los vicios. Al final es pasarme la vida pensando en mí mismo.

Hay otro tipo más peligroso de soberbia: la falsa humildad. Nos encontramos con personas que también se pasan la vida mirandose el ombligo y lo peor de todo es que encima se creen humildes porque se reprochan todo lo que hacen en la vida. "Es que no valgo nada, es que no puedo hacer nada a derechas, es que nada me sale bien, es que nadie me quiere..."

En un caso y en el otro, son incapaces de ser felices. El uno porque siempre tiene que triunfar y siempre tiene que ser el mejor y si no lo consigue se llena de envidias y si lo consigue, pero los demás se cansan de alabarle, se piensa que no le dan lo que se merece. La felicidad de estas personas depende de que todo les vaya bien y del reconocimiento de los demás. Viven de cara a los demás.

En el otro caso, son persona taradas que nunca van a ser felices porque siempre se van a refugiar en que la culpa de lo que les pasa es de los demás o en su propias limitaciones y se pasarán la vida lamiéndose las heridas.

La humildad es reconocer que lo mejor de tu vida es que Dios te quiere con locura, aunque no te lo merezcas. De modo que puedes abandonarte en sus brazos y vivir de otro modo. Dicho de otra forma. Si yo no tengo quien me quiera y me tengo que merecer todo en esta vida puedo adoptar dos posturas:

A.- Tengo que ser el mejor, tengo que destacar para que los demás me valoren, me quieran. No puedo fallar y si fallo, tengo que ocultarlo porque si no dejo de merecerme el favor de la gente.
B.- Si descubro con horror que soy incapaz de hacer lo que quiero, de destacar, entonces puedo tener una carta debajo de la manga. nunca reconoceré que es así y me humillará mucho cuando me lo hagan ver, pero en el fondo trataré de dar lástima, que me quieran por compasión. Así me pasaré la vida quejándome, pero por lo menos conseguiré que se fijen en mí.

En todo caso de aquí sale un corazón vacío y enfermo que buscará relaciones enfermas de dependencia y falta de libertad. Buscaré compensaciones para olvidarme de la vida que llevo y nunca podré tener una relación sincera con nadie porque no puedo permitir que me conozcan de verdad porque me horroriza a mí mismo lo que descubro dentro de mí.

Si de pronto, en mi vida descubro que tengo quien me quiera. Que alguien me quiere con un amor incondicional, puedo vivir libre de caretas y máscaras. Es más, incluso puedo olvidarme de mí y y vivir de cara a esa persona que me quiere con esa absoluta libertad. Las relaciones sanas se parecen mucho a esto, pero respecto al ser humano nunca se va a dar una relación en la que esto sea absoluto. Siempre podemos defraudar a la persona que tenemos al lado y que se canse de nosotros. "Maldito quien se fía de los hombres... quien pone su confianza en los jefes", dice en un momento las Sagradas Escrituras (Jer. 17, 5).

Al final, pocas cosas son más liberadoras que reconocer que Dios es Dios y tú sólo una criatura. No se trata de cebarnos en nuestros límites, sino de reconocer la obra que Dios va haciendo en nosotros y que su salvación se va abriendo camino en nuestras vidas. Tan malo es mirarse y compararse con los demás para enaltecernos, como para humillarnos.

La verdadera humildad está en mirar a Dios darle gracias por todas las capacidades que nos da (sin falsas humildades) y poner todo cuanto somos y tenemos a su servicio, teniendo muy clarito que el principal servicio que podemos ofrecer a Dios es cuidar de nuestros hermanos los hombres, de modo muy especial a los más necesitados de nosotros por ser más débiles, pobres o enfermos.

Realmente, pocas cosas son más liberadoras que la humildad. Centra toda la atención en Dios, olvídate de ti mismo y ponte a fructificar los dones que Dios te ha dado. No juzgues a nadie, ni siquiera a ti mismo; deja el jucio a Dios; vive la profunda alegría del amor de Dios por ti y ponte a obedecer a Dios en todo lo que te pida, sabiendo que Él puede más que tú y te dará su fuerza y que Él sabe más que tú y te llevará por donde quiera y que Él te quiere más que nadie. Merece la pena abandonar tu vida en sus brazos.

Piensa un momento: cada vez que te dejas llevar por las comparaciones, por los juicios, murmuraciones o críticas. Cada vez que te domina la susceptibilidad: me han dicho, no me han dicho, me han hecho de menos, no me valoran, me merezco otra cosa... Cada vez que piensas que vales más que otro o que los demás no dan la talla que se les puede exigir...

También cada vez que dejas de hacer algo porque piensas que no eres capaz, cada vez que te quedas tirado pensando que no vales nada, cada vez que te domina un bajón de autoestima que te impide relacionarte con normalidad con los demás... Cada vez que preferirías ser otra persona o que te atormenta lo que puedan decir de ti...

En todas estas ocasiones, te estás dejando llevar por la soberbia.

Pasa un poco de todo, de lo que piensen o digan los demás. Crea en ti una personalidad fuerte, capaz de mostrar lo que te diferencia respecto al resto sin que ello te lleve a minusvalorarles. Dale gracias a Dios porque contigo ha hecho maravillas y te ha dado las capacidades necesarias para cumplir su Voluntad. Si crees que hay algo que debes hacer que excede tus fuerzas, pide la ayuda de Dios, encomiéndate al Espíritu Santo y ponte a luchar sabiendo que no cuentas solo con tus fuerzas, que la Omnipotencia de Dios te va a ayudar. Ten paciencia contigo mismo y con los demás. Y sobretodo, deja de pensar en ti mismo y piensa un poco más en Dios y en los demás. Considera que dedicar tiempo a pensar en ti, cuanto menos es una pérdida de tiempo. Dios te quiere y será Él quien vele por ti y te cuide. ¡Tú dedícate a cumplir su Voluntad!

Cuentan que una vez que Santa Catalina de Siena estaba muy angustiada por problemas familiares, notó como Dios le decía: ¡Catalina, ocúpate de mí, que Yo me encargaré de ti! Qué negocio más fenomenal. ¿Quién puede más tú o Dios? Pues deja que sea Él quien se encargue de ti. Tú lánzate con una sonrisa a cumplir su Voluntad y a amar cada día más y de lo demás... ¡Él se encarga!

¿No te parece un buen modo de vivir la humildad? Reconociendo las maravillas de Dios en ti y en los demás, sabiendo que nunca vamos a dar la talla, pero que vivimos abandonados en sus brazos y luchando por cumplir siempre su Voluntad que no la nuestra.

Él sabe más, Él puede más, Él ama más... ¡Qué descanso!

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